CREMACIONES ESPONTÁNEAS II

fuego1.jpgA las ocho, un mozo trajo un telegrama para
la señora Reeser. Al tratar de entregárselo, lanzó un grito pidiendo auxilio: la manecilla del de la puerta del departamento de
la señora Reeser estaba caliente. Dos pintores que trabajaban enfrente se aproximaron. Al abrir uno de ellos la puerta salió una onda de aire caliente. Entraron en actitud de rescate, pero no había rastro de la moradora en
la cama. Algo de humo ocupaba el cuarto y el único rastro de fuego era una llama pequeña en la viga de separación entre la habitación y la cocina.

Los bomberos la eliminaron fácilmente, con parte del tabique. Su jefe realizó la inspección pertinente y, asombrado, convocó a su superior inmediato, Claude Nesbitt.

Este llegó al poco rato, enfrentándose con el siguiente cuadro:

imgfuego.jpgDentro de un círculo apenas mayor a un metro, en el suelo, calcinado completamente, aparecían algunos resortes de la poltrona y los restos de un cuerpo humano: fragmentos de hígado adherido a un trozo de espinazo, un cráneo encogido al tamaño de una pelota de baseball, un pie enfundado en una chinela negra (quemado hasta el tobillo) y un montón de cenizas. El forense Edward Silk diagnosticó “muerte accidental”.

El jefe de policía y sus detectives principales interrogaron al equipo técnico de bomberos y patólogos y no consiguieron desvelar el misterio. Todo el “accidente” estaba dentro de un círculo de un metro veinte centímetros, fuera del cual no había indicios de daño por acción de las llamas. Salvo el tabique junto al cual  había estado sentada
la señora Reeser, no aparecía ningún otro daño.

Hasta cierta altura se apreciaba un hollín oleoso. También era perceptible en el cielo raso. El interruptor de la luz ( de plástico ) por debajo de la línea de fuego se había fundido; otro situado más arriba estaba indemne  y funcionaba correctamente. Ningún elemento del mobiliario situado fuera del círculo estaba dañado por el fuego. A un metro y medio del lugar del  suceso, las sábanas de la cama se veían intactas. En la cómoda se habían derretido las velas, pero el pabilo no había ardido. El reloj eléctrico estaba detenido a las 4,20. Siguió andando cuando se le conectó a otro enchufe.

El calo había quebrado el espejo, pero otros dos se encontraban intactos.

La atención de los investigadores se concentró en una estufa de pared; pero no sólo estaba cerrada, sino que el tanque estaba fuera de
la habitación. Los fusibles no se habían quemado. El horno de la cocina estaba desconectado y el frigorífico funcionaba normalmente. Curiosamente, en el baño se había derretido un vaso de plástico; no así los cepillos de dientes situados a su lado.

En el círculo del piso donde la víctima se había quemado, los detectives advirtieron una capa de grasa, seguramente del cuerpo de
la señora Reeser. Parecía increíble, pero no se apreciaba ningún daño en la pintura de la pared de enfrente, donde una pila de viejos diarios no registraban ningún rastro de chamuscamiento. Decidieron que la pila se había formado con la silla a partir de la corriente de un cable que iba de la cocina hasta el tabique.

Sólo había quedado de la lámpara su aro de metal; la base de madera ya la pantalla ardieron. La ventana estaba abierta y se descubrieron manchas de humo en el alero.

Dado que
la señora Reeser sufría dolores en una pierna, la estiraba sobre una banqueta. Así se explica que uno de los pies no hubiera sido consumido por
la combustión. Tanto el jefe de policía Reichert como su lugarteniente Burguess – veteranos ambos – manifestaron su estupor. Ni en el apartamento ni en vecindario había el característico ( y desagradable ) olor a carne quemada. Quienes han trabajado en crematorios conocen lo tremendo de su intensidad, y el mismo olor tendría que haberse percibido en las inmediaciones del suceso.

No sucedió así. Los peritos revisaron de arriba a bajo las instalaciones del lugar sin localizar nada extraño. El certificado de defunción expresó: “Muerte accidental por fuego de origen desconocido”.

El seis de julio, los restos entregados al doctor Reeser fueron sepultados en el cementerio de Chesnut Hill.

Las cenizas fueron remitidas a Washington, para que el F.B.I. investigara la posible acción de elementos químicos en la muerte.

La noticia publicada en los diarios produjo un aluvión de cartas con teorías de todo calibre: una “píldora atómica”, un soplete de oxiacetileno, suicidio con fósforo o gasolina… y hasta un bromista que expresó de modo anónimo: “una bola de fuego entró por la ventana y
la batió. He visto como sucedió”.

Las autoridades realizaron la investigación en términos estrictamente científicos. Sabían que en los crematorios la temperatura corriente es de mil doscientos grados, y para reducir un cuerpo se requiere de tres a cuatro horas.

Tal temperatura hubiese convertido a todo el apartamento en un horno. La explicación del rayo fue descartada, pues el Servicio Metereológico informó que esa noche no había habido ninguna tormenta eléctrica.

Un mes después, el F.B.I. emitió su informe.

Los análisis no revelaban la existencia de ningún fluido o producto químico que pudiese iniciar  una combustión o acelerarla.

Tampoco había rastro de drogas que producen
la muerte. Se insistió en el carácter accidental del suceso y se desechó la eventualidad criminal.

2 Respuestas para “CREMACIONES ESPONTÁNEAS II”

  1. German escribi:

    Yo he leido este artículo y está presente en un libro que se publicó en el año de 1973, “Los Grandes Enigmas del Cielo y de la Tierra”, libro de Andreas Faber-Kaiser escrito en colaboración con otro autor, el también fallecido periodista argentino Alejandro Vignati.

    Título: Los Grandes Enigmas del Cielo y de la Tierra

    Autores: Alejandro Vignati y Andreas Faber-Kaiser

    Editorial: A.T.E.

    Primera edición: 1973

    El libro es muy bueno, interesante, realmente te pone a pensar sobre estos y muchos misterios que existen en el mundo

  2. admin escribi:

    Efectivamente German, yo los saque de unos articulos de la revista mundo desconocido que se editaba en España en 1976 creo recordar y sus colaboradores eran Andreas Faber-Kaiser y Alejandro Vignati.
    muy famosos por aquella epoca. Ire poniendo alguno mas muy interesantes de estos autores, pues este de las cremaciones me impresiono bastante.

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