El Pararrayos andante
No hay caso tan espectacular como el del mayor R. Sumerford, nativo de Vancuver, Canadá. Al punto que se le llegó a llamar “pararrayos andante”. Su enemigo –el rayo- lo alcanzó por primera vez en 1918, en Flandes, mientras se hallaba de patrulla. El rayo mató a su caballo y lo dejó a él paralítico de cintura para abajo. Como inválido, regresó a a su hogar en Vancuver, recuperándose con el tiempo y llegando a caminar ayudado por dos bastones.
En 1924 el mayor y tres de sus amigos fueron pescar a las montañas. Sus compañeros se alejaron a buscar víveres, dejando al mayor sentado bajo un árbol. Se desató una súbita tormenta y un rayo dio contra el árbol. Cuando sus amigos volvieron descubrieron a Sumerford con medio cuerpo paralizado. Le llevaron a un hospital y tardó dos años en recuperarse. Tiempo después paseaba con algunas amistades por el parque central de Vancuver. De nuevo, tormenta inesperada: se refugiaron bajo el toldo de un tenderete de refrescos, pero antes de que el mayor pudiese llegar, fue derribado por un relámpago.
Esta vez la parálisis fue total. Confinado en una silla de ruedas, murió dos años después. Pero ni siquiera le fue posible disfrutar de la paz de los sepulcros. Una noche de Julio, en 1934, una violenta tormenta eléctrica se abatió sobre Vancuver. Un rayo cayó en el cementerio destruyendo totalmente una única lápida: la que marcaba el ataúd de un antiguo oficial de caballería: el mayor R. Sumerford